Giraffa camelopardalis.
Bebé <3

Giraffa camelopardalis.

Bebé <3

Yo quiero uno así para mí &lt;3

Yo quiero uno así para mí <3

Konrad Lorenz
Etólogo.
Genio, más que nada.

Konrad Lorenz

Etólogo.

Genio, más que nada.

Rawr.

Rawr.

Ella vivía al fondo, encima del bar que no tenía nombre. Vivía sola, en compañía de unas cuantas matas y de la música que siempre sonaba abajo.
Ella disfrutaba de su soledad, o eso creía. Disfrutaba de ir al bar y de no tener que explicarle nada a nadie. Disfrutaba amaneciendo en otras almohadas y también de salir evitando ser descubierta, para así, volver a caer en la soledad de sus días. Se despertaba y le daba comida a un gato que no era suyo, y después, se tomaba un café, que sabía mejor los días en que la plata le alcanzaba para comprar amaretto. Bebía despacio, mientras leía los clasificados.
Se bañaba rápido y salía a recorrer esa ciudad tan hermosa, tan fría y tan llena de historias y de amores perdidos. Caminaba y pisaba las hojas secas, con fuerza, mientras intentaba decifrar la cara de la gente. Le gustaba inventar la historia de cada persona que pasaba frente a sus ojos cafés. Se sentaba siempre en la misma banca, al lado del lago, y sacaba un cigarrillo que se fumaba sin ganas, pensando en él, como siempre.
Nunca más había vuelto a verlo, y le dolían los amaneceres sin su nombre.
Estaba empezando la primavera, cuando los árboles volvían a su verde, y las flores empezaban a salir. Estaba anocheciendo y ella había decidido ir a otro bar, cerca del centro, y se había sentado a tomarse su Vodka, intententando escuchar las conversaciones ajenas. Ese era su vicio, más profundo que el de fumarse un cigarrillo todas las tardes, después de tomar tinto. Afuera estaba lloviendo, y ella tomaba despacio, queriendo tener a alguien que le contara esas historias que escuchaba, siendo siempre una tercera.
Su vaso se vació y lo volvió a llenar más de tres veces, y así la noche pasó y la música cambió, mientras la gente se iba. El frío de la madrugada se reflejaba en las ventanas empañadas, pero ella mantenía el calor, bebiendo y fumándose un cigarrillo de vez cuando, hasta que pasó.
La puerta chirrió y entró alguien.
Alguien con sombrero y guitarra, empapado y aparentemente ebrio.
Dejó las cosas a la entrada y recorrió lentamente el lugar con la mirada. Pasó mirando por donde estaba ella, distraída, y se volvió a mirar en su dirección mientras tarareaba una vieja canción de Sui Generis, y al reconocerla, sonrió.
- ¿Qué te trajo hasta por acá?- Gritó desde la puerta.
Su voz le caló hasta los huesos, y se paró, esperando que sus piernas no le fallaran por el efecto del alcohol. Caminó y lo miró mejor, acercándose a esos ojos verdes y a esas ojeras que mostraban la melancolía de vivir sin un rumbo fijo. Miró las arrugas que antes no estaban, y esa sonrisa que le daba seguridad.
Había pasado tanto tiempo. Tantas lágrimas y tantos kilómetros que los habían separado, que, al verlo, sintió un nudo en la garganta, por tantas cosas que quiso decirle. Quiso decirle que cuando se fue, sin darle explicación alguna, ella lo lloró hasta que se quedó sin lágrimas. Quiso decirle que nunca dejó de buscarlo en la ciudad, aún sabiendo que no lo encontraría. Quiso decirle que el olor a yerbabuena siempre le recordó a él. Quiso decirle que se había ido y que las ganas se habían quedado. Que la había dejado sola, y que el lápiz con que el había escrito la despedida era lo único que le había quedado de él. Quiso decirle que se había ido, y ahora sólo quedaba ella.
Quiso decirle que desde que partió, pasaba las noches buscado respuestas en otras camas, en otras bocas, en otros cuerpos.
Y nunca las había encontrado.

Ella vivía al fondo, encima del bar que no tenía nombre. Vivía sola, en compañía de unas cuantas matas y de la música que siempre sonaba abajo.

Ella disfrutaba de su soledad, o eso creía. Disfrutaba de ir al bar y de no tener que explicarle nada a nadie. Disfrutaba amaneciendo en otras almohadas y también de salir evitando ser descubierta, para así, volver a caer en la soledad de sus días. Se despertaba y le daba comida a un gato que no era suyo, y después, se tomaba un café, que sabía mejor los días en que la plata le alcanzaba para comprar amaretto. Bebía despacio, mientras leía los clasificados.

Se bañaba rápido y salía a recorrer esa ciudad tan hermosa, tan fría y tan llena de historias y de amores perdidos. Caminaba y pisaba las hojas secas, con fuerza, mientras intentaba decifrar la cara de la gente. Le gustaba inventar la historia de cada persona que pasaba frente a sus ojos cafés. Se sentaba siempre en la misma banca, al lado del lago, y sacaba un cigarrillo que se fumaba sin ganas, pensando en él, como siempre.

Nunca más había vuelto a verlo, y le dolían los amaneceres sin su nombre.

Estaba empezando la primavera, cuando los árboles volvían a su verde, y las flores empezaban a salir. Estaba anocheciendo y ella había decidido ir a otro bar, cerca del centro, y se había sentado a tomarse su Vodka, intententando escuchar las conversaciones ajenas. Ese era su vicio, más profundo que el de fumarse un cigarrillo todas las tardes, después de tomar tinto. Afuera estaba lloviendo, y ella tomaba despacio, queriendo tener a alguien que le contara esas historias que escuchaba, siendo siempre una tercera.

Su vaso se vació y lo volvió a llenar más de tres veces, y así la noche pasó y la música cambió, mientras la gente se iba. El frío de la madrugada se reflejaba en las ventanas empañadas, pero ella mantenía el calor, bebiendo y fumándose un cigarrillo de vez cuando, hasta que pasó.

La puerta chirrió y entró alguien.

Alguien con sombrero y guitarra, empapado y aparentemente ebrio.

Dejó las cosas a la entrada y recorrió lentamente el lugar con la mirada. Pasó mirando por donde estaba ella, distraída, y se volvió a mirar en su dirección mientras tarareaba una vieja canción de Sui Generis, y al reconocerla, sonrió.

- ¿Qué te trajo hasta por acá?- Gritó desde la puerta.

Su voz le caló hasta los huesos, y se paró, esperando que sus piernas no le fallaran por el efecto del alcohol. Caminó y lo miró mejor, acercándose a esos ojos verdes y a esas ojeras que mostraban la melancolía de vivir sin un rumbo fijo. Miró las arrugas que antes no estaban, y esa sonrisa que le daba seguridad.

Había pasado tanto tiempo. Tantas lágrimas y tantos kilómetros que los habían separado, que, al verlo, sintió un nudo en la garganta, por tantas cosas que quiso decirle. Quiso decirle que cuando se fue, sin darle explicación alguna, ella lo lloró hasta que se quedó sin lágrimas. Quiso decirle que nunca dejó de buscarlo en la ciudad, aún sabiendo que no lo encontraría. Quiso decirle que el olor a yerbabuena siempre le recordó a él. Quiso decirle que se había ido y que las ganas se habían quedado. Que la había dejado sola, y que el lápiz con que el había escrito la despedida era lo único que le había quedado de él. Quiso decirle que se había ido, y ahora sólo quedaba ella.

Quiso decirle que desde que partió, pasaba las noches buscado respuestas en otras camas, en otras bocas, en otros cuerpos.

Y nunca las había encontrado.